El divorcio hace furor entre los mayores de 50 – Entrevista Elena Crespo en El Periódico

La puesta de sol del pasado 31 de agosto puso fin a la temporada alta en los sectores relacionados con las vacaciones pero este lunes ha dado comienzo otra que suele ocupar menos espacio en los informativos, aunque no por ello tiene menos impacto en importantes sectores de la población. No se distingue por imágenes de playas y chiringuitos repletos de veraneantes, sino por teléfonos que suenan con más frecuencia de lo habitual en los despachos de abogados matrimonialistas y en los gabinetes especializados en terapias de pareja. Al otro lado, voces angustiadas piden orientación legal para poner fin a sus matrimonios, que han saltado por los aires en las semanas de asueto estival, o suplican asesoramiento emocional para gestionar las carencias afectivas que esos días de intensa convivencia han hecho aflorar en sus relaciones conyugales.

Es un clásico: después de las vacaciones –no solo las veraniegas, también tras las de navidad y semana santa–, crecen las solicitudes de divorcio. No existe un registro que ponga cifras a este fenómeno a escala mensual –el Consejo del Poder Judicial solo publica cifras trimestrales de divorcios, separaciones y nulidades matrimoniales una vez están firmados, y ese paso es solo el final del proceso, no el inicio–, pero lo conocen bien, y lo corroboran sin dudar, quienes se dedican a ofrecer asistencia jurídica o afectiva a las parejas que se disponen a afrontar el difícil trago de poner fin a largos años de relación marital.

También conocen bien las causas, las que les confiesan sus nuevos clientes y pacientes y las que detectan entrelíneas en sus declaraciones. «Llegan contando que en verano han tenido mucho tiempo para reflexionar y ver de cerca a la otra persona y se han dado cuenta de que ya no son felices a su lado y quieren poner fin a esa situación, cueste lo que cueste. Se repite todos los años por estas fechas, no falla», confirma Beatriz de Pablo, vicepresidenta de la Asociación Española de Abogados de Familia.

«En vacaciones, al convivir más horas juntos, los desacuerdos quedan más expuestos y a veces se intensifican. A esto se une la percepción psicológica que tenemos todos del final del veraneo: sentimos que es un buen momento para tomar decisiones importantes, como puede ser una ruptura o un replanteamiento profundo de la relación», añade la psicóloga Júlia Pascual, especialista en terapia de parejas, que reconoce tener más demanda de asistencia en estos días.

Si bien la estacionalidad de las rupturas conyugales suele presentar patrones similares temporada tras temporada, el divorcio ha cambiado en multitud de aspectos en los últimos años en España, según reportan los juzgados de familia y confirman los profesionales encargados de atender a los cónyuges que aspiran a dejar de serlo. De entrada, ha variado su número.

El año pasado se divorciaron o separaron en nuestro país 86.595 parejas. Son 12.694 menos de las que lo hicieron en 2015, pero en 2024 se produjo un hecho revelador: por primera vez en la última década aumentaron las disoluciones matrimoniales –un 8,2%, poca broma– con respecto al ejercicio anterior (a excepción de 2021, en el que crecieron tras el parón de 2020 por la pandemia). ¿La cifra anuncia un cambio de tendencia o puede ser flor de un año?

En vacaciones, al convivir más horas juntos, los desacuerdos quedan más expuestos y a veces se intensifican.

Júlia Pascual — Psicóloga especializada en terapia de parejas

Normalización

«El principal cambio que se ha producido en la sociedad española respecto al divorcio ha sido su normalización. Hace años, mucha gente lo veía como un drama. Hoy, en cambio, hombres y mujeres de perfiles muy variados que en el pasado no se lo habrían planteado, no solo se lo plantean, sino que dan el paso y te llaman para decirte: quiero divorciarme, ¿qué tengo que hacer?», explica la abogada de familia Elena Crespo, quien confirma que en su despacho tienen hoy más trabajo que hace años, y no solo tras las vacaciones.

Esa «desdramatización» del divorcio no es ajena, según quienes se dedican a gestionarlo, al cambio de mentalidad que ha arraigado en la sociedad digital en relación a la propia percepción personal de los individuos. «Hace diez años, en las rupturas conyugales pesaba más el dolor y la culpa. Hoy prima la búsqueda de autenticidad y de bienestar y el culto al ego. Vivimos en una sociedad narcisista que celebra la gratificación instantánea, los ‘likes’ y el ‘yo primero'», observa la terapeuta Júlia Pascual. «Vivimos tiempos hedonistas. La gente quiere estar bien y las redes no paran de decirles: tienes derecho a ser feliz, a ser atractivo, a ligar… Si el matrimonio supone una carga, muchas y muchos no se lo piensan y se divorcian», añade Crespo.

Esa «desdramatización» del divorcio no es ajena, según quienes se dedican a gestionarlo, al cambio de mentalidad que ha arraigado en la sociedad digital en relación a la propia percepción personal de los individuos. «Hace diez años, en las rupturas conyugales pesaba más el dolor y la culpa. Hoy prima la búsqueda de autenticidad y de bienestar y el culto al ego. Vivimos en una sociedad narcisista que celebra la gratificación instantánea, los ‘likes’ y el ‘yo primero'», observa la terapeuta Júlia Pascual. «Vivimos tiempos hedonistas. La gente quiere estar bien y las redes no paran de decirles: tienes derecho a ser feliz, a ser atractivo, a ligar… Si el matrimonio supone una carga, muchas y muchos no se lo piensan y se divorcian», añade Crespo.

Esa concepción aparentemente frívola y jovial de las relaciones de pareja contrasta con la madurez –al menos de edad– que cada vez manifiestan con más evidencia los divorciados. En 2015, la edad media de la mujer que rompía su matrimonio era de 43 años; hoy es de 46. Entre los varones se ha producido una progresión similar: han pasado de los 46 años de hace una década a los 49 que tienen hoy, en promedio, cuando marcan por primera vez el número de teléfono de un abogado matrimonialista.

Esta subida tan brutal de la media de edad –tres años en apenas una década– se explica por el fuerte tirón que las rupturas conyugales están experimentando entre los grupos de edad más provecta. Los mayores de 50 años, que en 2015 representaban el 31% de todos los demandantes de divorcio del país, hoy suponen ya el 43,4%. «Hace años era impensable que una señora de 60 se planteara romper su matrimonio. Hoy, muchas llegan a la jubilación sintiéndose jóvenes, pero al lado de un señor que ya no aguantan, y no lo dudan», explica Beatriz de Pablo.

«Hace años era impensable que una señora de 60 se planteara romper su matrimonio. Hoy, muchas llegan a la jubilación sintiéndose jóvenes, pero al lado de un señor que ya no aguantan, y no lo dudan»

Beatriz de Pablo — Vicepresidenta de la Asociación Española de Abogados de Familia

Otras veces es él quien, en plena eclosión de su madurez, da el paso. «Hay mucho varón de cincuenta y tantos con alto poder adquisitivo que se apunta al ‘plan renove’: deja a la esposa de su misma edad y se va con otra 20 años más joven. Y este perfil va en aumento», dice Elena Crespo a cuento del ‘divorcio gris’, denominación con la que se refieren de manera oficiosa en su sector a los separados que pintan canas.

Precisamente, el grupo de edad situado entre los 50 y los 59 años es el que proporcionalmente más ha crecido en la última década entre los divorciados de nuevo cuño. En 2015 representaban el 22,5% de los aspirantes a la soltería renovada y hoy son ya el 29%. «Estas separaciones de edad tardía causan a menudo problemas por asuntos como las pensiones compensatorias, sobre todo cuando ella ha estado al cuidado del hogar y no ha cotizado todos esos años», advierte el abogado David Tugui.

La forma como hombres y mujeres afrontan el divorcio también ha experimentado cambios en los últimos años, según confirman quienes les tratan a diario. «En el pasado había más presión sobre las mujeres para que aguantaran y mantuvieran unida la familia, hoy hay una mayor legitimidad social para separarse. Pero, antes como ahora, suele ser ella la que da el paso y normalmente viene a la consulta con las ideas más claras. A menudo, el hombre se resiste y solo reacciona cuando el divorcio está ya en marcha», indica Júlia Pascual.

La custodia

«Para los hombres, el mayor cambio ha sido la forma como ahora se aplican las custodias, que la mayoría son compartidas. Hoy los padres están más implicados que antes en la crianza, y saber que van a poder estar cerca de sus hijos, al menos la mitad del tiempo, les anima a poner fin al matrimonio cuando este no funciona», explica Carlos Luis Herraiz, portavoz de la Asociación de Padres Separados, que es de carácter mixto.

Hay mucho varón de cincuenta y tantos con alto poder adquisitivo que se apunta al ‘plan renove’: deja a la esposa de su misma edad y se va con otra 20 años más joven. Y este perfil va en aumento

Elena Crespo — Abogada de familia

Hace diez años, solo una de cada cinco custodias era compartida y el resto eran en exclusiva para la madre. Hoy, los jueces de familia ordenan de forma mayoritaria que el cuidado de la prole sea gestionado por ambos cónyuges en condiciones de igualdad tras la separación. En su faceta jurídica, esta ha sido una de las principales novedades de los divorcios en España en los últimos tiempos. La otra se ha producido esta pasada primavera con la entrada en vigor de la ley de eficiencia procesal que obliga a las parejas que planean resolver su separación en un tribunal a llevar a cabo previamente un proceso de negociación. El intento de arreglo debe quedar registrado formalmente mediante la asistencia de un mediador o a través de un cruce acreditado de burofaxes o emails.

Actualmente, el 80% de las rupturas matrimoniales se tramitan a través de acuerdos entre los cónyuges y solo uno de cada cinco requiere de juicio y sentencia de un juez. Hace diez años, los divorcios contenciosos eran uno de cada cuatro. La nueva ley pretende reducir aún más el índice de litigios, pero los abogados de familia no le ven bondades a la norma.

Al contrario, sostienen que solo está consiguiendo ralentizar y complicar los procesos, que en el mejor de los casos son siempre dolorosos para las partes. «En los casos que acaban en juicio, entre la presentación de la demanda y la vista oral, a veces pasa un año. Si ahora hay que añadir varios meses más de negociación, todo se alarga. Mientras, a menudo los cónyuges se ven obligados a seguir viviendo bajo el mismo techo en un ambiente que suele estar muy crispado. Habría que agilizar los trámites, no alargarlos, porque un divorcio nunca es una experiencia agradable, aunque lo pongan en marcha buscando una vida mejor», recuerda la abogada Beatriz de Pablo